
Tijuana no perdona a los turistas, y mucho menos a los amigos que creen que la ciudad es un parque de juegos. Me miré en el espejo retrovisor de mi vieja camioneta estacionada en un callejón oscuro detrás de la Avenida Revolución. La máscara de cuero curtido me apretaba la cara, pero el olor a sudor y muerte me mantenía enfocado. Nancy, mi novia, estaba sentada en el asiento del copiloto. Limpiaba con un trapo impregnado en aceite mi machete de hoja oxidada. Ella no era una víctima; era mi cómplice, el cebo perfecto. —Ya llegaron al Airbnb, Héctor —susurró ella con una sonrisa gélida—. Están en esa casa vieja cerca de la independencia. Creen que van a pasar la mejor noche de sus vidas. Encendí el carro. Era hora de pasar lista. Carlos fue el primero en salir a buscar más cerveza al patio oscuro. No vio la sombra que se desprendía de los muros. Antes de que pudiera gritar, mi machete le corto la tráquea. El sonido del vidrio rompiéndose fue su único descanso. Nancy apareció entre las sombras y le quitó el celular del bolsillo con una calma aterradora. Adentro, la música de rock retumbaba, ocultando los ruidos de la muerte. Hiroshi y Vere estaban sentados en el sofá, riendo, ajenos al rastro de sangre que entraba por debajo de la puerta. Entré pateando la entrada, bloqueando la única salida. —¡Héctor! ¿Qué haces? ¡Es una broma, ¿verdad?! —gritó Hiroshi, levantándose. No hubo respuesta, solo el brillo del metal. Hiroshi intentó proteger a Vere, pero mi hoja atravesó su pecho con la facilidad de un cuchillo en mantequilla. Vere corrió hacia la cocina, gritando el nombre de Nancy, buscando ayuda en la persona equivocada. Nancy la recibió con un cuchillo de cocina directamente al costado. —Lo siento, Vere —le dijo Nancy al oído mientras la ayudaba a caer al suelo—. Pero Héctor tiene hambre de más. América, Raúl y Enrique lograron saltar por una ventana trasera hacia lote baldío. La neblina de Tijuana empezaba a bajar, convirtiendo el terreno en un laberinto de sombras y basura. —¡Sepárense! —grito Raúl, tratando de ser el líder, pero el terror en su voz lo delataba. Los perseguí sin prisa. Conocía cada piedra de esta colonia. Alcancé a Enrique cerca de una barda de una casa. Estaba atrapado. No hubo piedad; el impacto de mi bota y el filo de mi machete terminaron el trabajo en segundos. América y Raúl llegaron una calle de la avenida principal de la colonia independencia, agitando los brazos desesperados por un carro que los salvara. Un carro negro se detuvo. Nancy bajó la ventanilla. —¡Suban! ¡Corran! —les gritó ella con fingida desesperación. Ellos subieron al asiento trasero, llorando y dando gracias a Dios. Pero cuando Nancy miró por el retrovisor, sus ojos se encontraron con los míos mientras yo salía de la oscuridad del camino. —Díganle hola a Héctor —dijo ella, activando el seguro de las puertas. Subí al carro y me quité la máscara. El olor a miedo dentro del vehículo era delicioso. América y Raúl estaban acurrucados, dándose cuenta de que el refugio era en realidad el matadero. Miré a Nancy. Estaba manchada de sangre ajena, más hermosa que nunca bajo las luces de la ciudad que nunca duerme. —¿A dónde ahora, Héctor? —preguntó ella, acariciando mi mano ensangrentada. —Al muro —respondí, mirando hacia la valla fronteriza—. Todavía queda mucha noche y Tijuana siempre tiene espacio para unos cuantos cuerpos más. El motor del carro rugía mientras subíamos por las faldas de la valla fronteriza, justo donde las luces de San Diego se burlan de nosotros desde el otro lado del muro. En el asiento trasero, América y Raúl ya no gritaban; el terror puro tiene un sonido metálico, una especie de gemido seco que solo sale cuando sabes que tu hora ha llegado. —Por favor, Héctor... somos amigos desde la secundaria —sollozó Raúl, intentando agarrar mi hombro. Giré el rostro, aún con la máscara empapada en la sangre de Enrique. No necesité decir nada. Nancy, desde el asiento del copiloto, soltó una carcajada que cortó el aire frío de la madrugada. —Los amigos no dejan que sus novios se vuelvan monstruos, Raúl —dijo ella, acariciando el filo de su propia navaja—. Ustedes nos miraban por encima del hombro. Ahora, nosotros los miraremos desde abajo... bajo la tierra. Detuve el carro a pocos metros de la enorme valla de hierro oxidado. La neblina bajaba pesada, ocultando las cámaras de la Patrulla Fronteriza. Saqué a Raúl del pelo; pesaba menos de lo que recordaba. El miedo lo había vaciado. América intentó correr hacia la oscuridad del muro fronterizo, pero Nancy fue más rápida. Con una agilidad que no parecía humana, la tacleó contra la base del muro. El sonido del impacto de su cráneo contra el acero resonó como una campana fúnebre. —¡Es tu turno, Héctor! —gritó Nancy, sujetando a una América semiinconsciente. Caminé hacia ellos arrastrando el machete por la tierra. El ruido era rítmico, casi musical. Raúl estaba de rodillas, rezando a un Dios que no cruza l